Séptimo Capítulo – La Orientación de Dwapara Yuga

open-orange-dalia-1024x911Poco antes de comprometerse a escribir su libro La Ciencia Sagrada, Sri Yukteswar oró para que los avances realizados por la humanidad en este nuevo Dwapara Yuga, debidos a los descubrimientos de la ciencia, recibieran orientación de la sabiduría divina. En respuesta a su oración, Dios le envió un alma iluminada para que la preparase para tal misión.

Paramhansa Yogananda fue ese alumno. Gran maestro, su papel fue, en parte, traer la sabiduría antigua a Occidente en su esencia pura y en parte también mostrar cómo llevar a la práctica esas verdades en los tiempos modernos.

La misión de Paramhansa Yogananda no fue sólo cualitativa, para unos pocos discípulos. Fue también cuantitativa, para toda una era. Fue enviado para mostrar el camino a toda la humanidad, a medida que la civilización avanza por el todavía inexplorado terreno de Dwapara Yuga.

Uno de los modelos de vida que vino a establecer Yogananda para la nueva era, fue fundar “colonias de hermandad universal”, como él las llamó: comunidades en las que la gente pudiera llevar estos nuevos y elevados conceptos al nivel práctico y, posteriormente, ofrecerlos a la humanidad como algo factible, no simplemente como modelos teóricos.

Yo participo, personalmente, en esta idea, porque sentí que me correspondía a mí establecer la primera de esas colonias de hermandad universal. Ananda World-Brotherhood Village está situada en las estribaciones de Sierra Nevada, al Norte de California, cerca de las ciudades hermanas de Nevada City y Grass Valley. Actualmente –año 293 Dwapara- se ha ramificado en otras seis comunidades en: Seattle, Washington; Portland, Oregón; Palo Alto y Sacramento, California; Dallas, Texas y cerca de Asís, Italia. En ellas residen alrededor de 800 miembros. La comunidad primitiva se asienta en un terreno de alrededor de 1460 hectáreas y en ella viven alrededor de 400 miembros.

Fieles a los principios de Dwapara Yuga, el tamaño no es nuestro objetivo. Nuestro objetivo es inspirar en las personas individualmente –incluso en gran número de personas- una nueva claridad y una dedicación más centrada en su desarrollo interior. Tratamos de inspirar estos ideales también en los demás, sean de donde sean, sin tener en cuenta su afiliación religiosa externa. Como decía con frecuencia Paramhansa Yogananda, “Prefiero un alma a una multitud y ¡adoro las multitudes de almas!”.

Para decirlo mejor, intentamos no ponernos metas. Como declara uno de nuestros dichos; “La meta de la vida es dejar de ponerse metas y expandir el sentido de SER hasta el Infinito”.

Tomé contacto con Yogananda en 1948, después de haber leído su libro Autobiografía de un Yogui. Le busqué para mi propia salvación. También le busqué a causa de la profunda preocupación que sentía por el futuro de la humanidad. Pues había llegado a comprender que sin la guía divina, el género humano había entrado, en el siglo XX, en un terreno de cambios tan vasto, que las posibilidades de errar su camino eran enormes. Después de leer su libro, comprendí que en él estaba el mensaje que podía guiar a la humanidad para salvar los escollos de los tiempos modernos.

Inspirado por la visión de la espiritualidad enfocada hacia las comunidades en la nueva era, fundé Ananda en 1968, hace veinticinco años y veinte años después de conocer a Yogananda.

Al poner en marcha Ananda, hice siempre todo lo que puede por extraer lecciones de su ejemplo y de su forma de enseñar y orientar a los demás. Escribí libros para mostrar la importancia de sus enseñanzas en numerosos aspectos de la vida moderna: el matrimonio y las relaciones amorosas, el desarrollo de los niños, la educación, los negocios, el liderazgo, las artes, la arquitectura, la filosofía, las comunidades, en cierto sentido, todo el espectro de la vida. Escribí canciones y música instrumental, cerca de 300 piezas en total, para ayudar a la gente a sentir la conciencia que contenía su mensaje. Ayudé a establecer escuelas y negocios para dar a estos conceptos una base más concreta.

Confieso que había un aspecto en el que me parecía que Yogananda no nos había dado suficientes directrices: la constitución de organizaciones en la nueva era. Hasta que no escribí este ensayo, casi cuarenta y cinco años después de conocerle, creía que él consideraba las organizaciones un mal necesario. Esta convicción influyó en parte en lo que escribí en las dos primeras series de ensayos. En un borrador de este tercer ensayo afirmaba:

“Para subrayar la importancia de la conciencia sobre la forma, [Paramhansa Yogananda] nunca puso mucha energía en organizar su obra. La realidad fundamental de esta obra fue su rotundo espíritu de expansión.

“La hermana Gyanamata, su principal discípula, predijo, ‘No conseguiréis organizar esta obra mientras él viva’. El mismo Yogananda dijo, ‘Tendréis que trabajar duro para organizar la obra cuando me haya ido’”.

En todo cuanto he hecho en mi vida adulta, he tenido en cuenta lo que él dijo e hizo, hasta las más pequeñas sugerencias, con intención de extraer todo su significado. Como fundador de Ananda, he sentido que mi papel, como persona, era insignificante. Mi tarea era transmitir a los demás el mensaje que había recibido de este maestro de grandeza universal.

Así pues, mientras escribía este ensayo, reflexionaba una vez más en los ejemplos que él había dado como fundador de una organización (Self-Realization Fellowship). Y de pronto comprendí este aspecto de su vida como nunca antes lo había entendido.

Su misión abrazaba un amplio espectro de actividades, de forma que habría sido imposible para él limitarse al papel normal de administrador. No obstante, nos marcó la dirección que debíamos dar a su obra de acuerdo con Dwapara Yuga. Más que eso, nos dio un ejemplo perfecto de la forma de gestión en Dwapara Yuga inspirándonos a elevarnos hasta lo que él quería decir, en vez de molernos la cabeza, por decirlo así, con lo que quería que hiciéramos.

Su misma entrega al espíritu de su obra, no a la forma de ésta, era necesaria para asentar en nosotros un acercamiento más fluido y amable hacia la organización que las rígidas formas en las que, como occidentales, nos habíamos educado desde niños.

Éramos nosotros, imbuidos en los patrones de pensamiento habituales de nuestra herencia occidental, quienes no estábamos todavía preparados para esta clase de liderazgo.

Recuerdo que un discípulo me contó, casi en tono de perplejidad, que el Maestro había intentado durante mucho tiempo despertar en él el interés por echar una mano con los asuntos organizativos. Cuando el joven tuvo la impresión de que por fin había entendido cómo actuar, le llevó al Maestro un programa para expandir la obra. El Maestro, exasperado porque el joven había confundido la necesidad de orden y simplicidad con la necesidad de trabajar duramente, rechazó el programa completo con estas palabras, “Cuando estemos preparados, Dios nos enviará a quienes Él desee que ayuden.”

La forma de actuar del Maestro no era poner los puntos sobre las íes. Si veía que una persona carecía de capacidad para reconocer una verdad, cambiaba de tema. También a este respecto demostró uno de los principios del liderazgo en Dwapara Yuga, no imponerse nunca, sino intentar inspirar a los demás desde dentro a desarrollar su propia comprensión de las cosas.

Éste es un ejemplo de cómo trabajaba: En 1949 me puso al cargo de los monjes. Un año después me pidió que los organizara. Hasta entonces los mojes no se habían organizado nunca.

Se podría suponer que dedicó horas a instruirme en cómo organizarlos. Muy al contrario, como hacía generalmente en estos asuntos, dejó que fuera mi sintonía con él la que percibiera sus deseos y les diera forma. De vez en cuando hacía alguna sugerencia o un comentario aleccionador. Ocasionalmente me corregía si veía que yo no le había entendido en alguna cosa concreta. En general simplemente vigilaba lo que yo estaba haciendo, expresando satisfacción de vez en cuanto y permitiendo que yo actuara tal como me sintiera guiado interiormente.

La mayor parte de la preparación que nos dio fue a nivel intuitivo, desde dentro. Para que yo organizara a los monjes era suficiente con que entendiera el espíritu de sus intenciones y estuviera en sintonía con su guía interior. Él sabía que, desde ese nivel de comprensión, los detalles seguirían como una consecuencia natural.

Así, mientras escribía este ensayo, llegué a darme cuenta de que para él la organización era importante, pero en menor medida que el espíritu de sus enseñanzas. Que por eso esperó casi hasta el final de su vida para pedir que se organizaran los monjes y quizá también porque me correspondía a mí llegar hacia el final de su vida para ayudar en ese aspecto de su misión. Por eso dijo, “Tendréis que trabajar duro para organizar la obra cuando me haya ido”. Marcó la pauta sobre cómo organizar, pero a lo largo de su vida subrayó fundamentalmente el espíritu que existía tras la forma.

Por otra parte, creo que la razón de que me correspondiera a mí entrar en contacto con él en los últimos años de su vida (lo hice en 1948, él falleció en 1952) fue porque mi sentido del discipulado era centrífugo, no centrípeto, se dirigía hacia fuera desde un centro de sintonía con él orientado a ayudarle en su misión, en vez de centrarse ante todo en él como profesor.

También su forma de orientarme se enfocaba en hacer de mí un instrumento gracias al cual pudiera ayudar a los demás.

Un día me sentí de mal humor. Cuando me vio después de esto, aunque mi mal humor se había evaporado, dijo, “A partir de ahora, nada de mal humor. Si no ¿cómo ayudarás a los demás?”

Su guía se orientaba siempre hacia el espíritu interior de cuanto hacíamos. Incluso cuando dábamos conferencias decía, “centraos en transmitir a la audiencia vuestras vibraciones. No os centréis sólo en los pensamientos que expresáis.”

En cierto momento, en Monte Washington nos hacía mucha falta un especialista para la imprenta. Como esto había sido tema de conversación durante varias semanas, un día me acerqué al Maestro con aire de triunfo, “Señor, ¡tenemos una persona para la imprenta!”.

“¿Por qué dices eso?”, preguntó. “En primer lugar mira si tienen nuestro espíritu. Después mira dónde encajarán en nuestra obra”.

En una ocasión acepté como residente en el monasterio a una persona de quien ni siquiera sabía si estaba preparada para nuestra forma de vida. El hombre necesitaba desesperadamente un empuje espiritual y parecía dispuesto a poner todo de su parte. El Maestro, al verle por primera vez un día, me señaló más tarde, “¡Voy a tener que darte intuición!”.

Este principio de hacer las cosas por intuición, en vez de hacerlas sólo con la razón, resultó fundamental para mí cuando fundé Ananda. Por supuesto también tuve que utilizar el sentido común. Cada vez se hizo para mí más claro que sin intuición no puede lograrse jamás nada verdaderamente importante.

Una de las instrucciones que me dio el Maestro fue, “No pongas demasiadas normas. Destruye el espíritu.” Fue esta instrucción, y no otra, la que me hizo comprender su visión de que la organización es un flujo en vez de una estructura cristalizada.

Como dije anteriormente, y observando el ejemplo de Yogananda sobre cómo debería dirigirse una institución en Dwapara Yuga, hay que examinar la dirección de la energía y no lo que normalmente la gente llama “los aspectos prácticos” del procedimiento organizativo. En este sentido, Paramhansa Yogananda cumplió en muchos sentidos los requisitos de un líder de organización en Dwapara Yuga.

En primer lugar y por encima de todo estaba su carácter expansivo. En la mayoría de las personas se observa un conflicto entre sus tendencias a la expansión y a la contracción. En el Maestro nunca observé tal conflicto. Para nosotros su carácter expansivo fue una inspiración constante. También fue un reto incesante.

Una de las pruebas de una naturaleza expansiva es que se orienta hacia las soluciones y no, como una naturaleza restrictiva, hacia los problemas. La conciencia que sólo ve problemas, al igual que la constricción, es un síntoma de Kali Yuga. La conciencia que ve soluciones, al igual que la expansión, es un signo de Dwapara Yuga.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en Los Ángeles se pusieron restricciones a la construcción de nuevos edificios. El Maestro quería construir una nueva iglesia en Hollywood. Pero, a causa de las restricciones, se le dijo que no podía hacerlo.

En vez de concentrarse en lo que no podía, decidió que habría algo que podría hacer. Pronto se le presentó la solución.

No existían restricciones para remodelar estructuras ya existentes. El Maestro investigó y finalmente encontró un viejo edificio en venta de las dimensiones justas para lo que él quería. Se trasladó el edificio a la propiedad de Hollywood y allí se procedió a remodelarlo.

Los vecinos, orientados hacia los problemas, ¡como la mayoría de la gente!, al ver aquellas paredes que se descargaban en un solar vacío, pusieron el grito en el cielo. ¡No eran capaces de ver sus posibilidades artísticas! Pero gradualmente, para su asombro, la decrépita ruina se transformó en la encantadora joya que, desde hace cincuenta años, ha sido la Iglesia de Todas las Religiones de Self-Realization Fellowship en Hollywood.

Carácter expansivo. Orientarse hacia las soluciones. Juzgar la aptitud de las personas para un puesto por su espíritu más que por su capacidad. Alentar a los subordinados a desarrollar su propia intuición, sintonía y comprensión, en vez de explicarles detalladamente cada movimiento. Darles la oportunidad de aprender de sus errores. Revisar las acciones después de realizadas, en vez de preocuparse con antelación de todo lo que puede salir mal. Apoyo. Amor. Estos fueron algunos de los medios con los que Yogananda señaló el camino a una gestión progresista en la nueva era de Dwapara.

También demostró su dominio de las necesidades de gestión en esta era de energía de otros modos. Dio una importancia fundamental a servir a los demás. Y trató a todo el mundo imparcialmente, con amor divino, reverenciando a todos por igual, en Dios.

Su concepto de la gestión espiritual era verticalista, no en el sentido en que se utiliza normalmente este concepto en gestión, sino en el sentido de que dio la máxima prioridad a la verdad, después a los elevados conceptos que mejor expresan la verdad, después a las personas como receptoras de la verdad y sólo en último lugar a la organización como recipiente que contiene esa verdad y vehículo para expandirla.

Para él las personas eran más importantes que la organización o iglesia. Las enseñanzas eran más importantes que las personas en el sentido de que no quería comprometer la Verdad para acomodarla a los engaños de la gente. Y por último, la Verdad eterna era para él más importante que cualquier formulación concreta de la misma.

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